EL ROPERO DE NARNIA DE MI ABUELA

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En la casa de mi abuela había un mueble que a mí me llamaba mucho la atención. Era un mueble que tenía objetos que, para mis ojos de niña, significaban un verdadero tesoro.

Si cierro los ojos, todavía puedo verla.

Mi abuela entra al comedor formal de su casa. Un ambiente que permanecía casi siempre en silencio y que sólo cobraba vida en ocasiones especiales. No necesita encender la luz. No necesita encender la luz. Se mueve con la seguridad de quien conoce cada rincón de su casa.

Se acerca al mueble.

Levanta la mano y busca una caramelera de cerámica en tonos blancos, rosas y verdes —o era gris, no lo recuerdo bien— que descansa sobre él. A su lado, como un guardián inmóvil, hay un pequeño loro de cerámica.

Sin mirar, corre los caramelos ácidos frutales que siempre guarda allí y encuentra una llave. Una llave sin llavero. La correcta.

Yo la observaba en silencio.

A mi edad, para llegar hasta arriba de ese mueble habría necesitado acercar una silla y subirme. Mi abuela simplemente levantaba la mano.

Introducía la llave en la cerradura. La giraba. Y entonces comenzaba la ceremonia.

Todo lo que guardaba era un secreto.

Un mueble lleno de secretos

Recuerdo perfectamente los sonidos. El roce de los caramelos contra la llave. El tintinear metálico al sacarla de la caramelera. El giro suave dentro de la cerradura. Y el pequeño quejido de la madera al abrirse.

Porque el mueble siempre estaba cerrado. Siempre.

Era un mueble de madera compuesto por dos cuerpos. Uno horizontal y otro vertical encima. No tenía vitrinas ni vidrios. No permitía adivinar lo que escondía en su interior. Todo lo que guardaba era un secreto.

Y para mí, ese secreto era inmenso.

Sentía que allí adentro vivían las cosas importantes. Las delicadas. Las que no estaban al alcance de los niños.

Durante años no pude abrirlo. En realidad, no debía hacerlo.

Más de una vez intenté acercarme cuando nadie me veía. Alcancé incluso a mover alguna puerta. Pero cuando comenzaba a escuchar el leve crujido de la madera, me acobardaba, la dejaba y me apartaba rápidamente.

Era territorio prohibido. Tal vez por eso me fascinaba tanto.

Cuando mi abuela abría las puertas, apenas lo necesario para sacar o guardar algo, yo trataba de acercarme. Buscaba el mejor ángulo posible para mirar, aunque fuera un instante hacia adentro.

Y cuando eso ocurría, aparecía el tesoro.

Introducía la llave en la cerradura. La giraba. Y entonces comenzaba la ceremonia.

El tesoro detrás de las puertas

Allí descansaban platos con rosas rosadas, juegos de té con delicados motivos florales, bandejas, copas, vasos y jarras de vidrio.

Mi favorito era un juego de té gris con borde plateado que, para mis ojos de niña, era la cosa más elegante que había visto jamás.

Aquella vajilla sólo aparecía en momentos especiales: El cumpleaños de mi abuela. Las fiestas de fin de año. Alguna celebración en la que la cantidad de invitados superaba la vajilla de diario.

Ese era el verdadero anuncio de que la fiesta estaba por empezar.

Recuerdo cómo brillaban las piezas cuando la luz se reflejaba sobre la cristalería.

Recuerdo cómo mi corazón latía más fuerte.

Porque cuando aparecía aquella vajilla, yo sabía que algo importante estaba por suceder.

Y aunque hoy me cuesta explicarlo, había algo más.

Sentía que aquellas piezas pertenecían a un mundo distinto. Un mundo más elegante. Más bello. Más especial.

Para mí, aquel mueble escondía un verdadero tesoro.

Las tazas de los grandes

Lo curioso es que ni siquiera podía usarlas.

Los adultos ocupaban los lugares importantes de la mesa. Y las tazas también parecían tener su propia jerarquía.

Las grises con borde plateado estaban reservadas para los invitados más distinguidos. Después venían las rosadas. Y finalmente las tazas de diario: las de vidrio y las de plástico. Las que generalmente me tocaban a mí. Pero eso no disminuía mi fascinación.

Al contrario. Si no podía usarlas, al menos disfrutaba ver cómo transformaban la mesa. Para mí, aquellas tazas hacían que cualquier celebración se viera más bonita. Aquellas piezas me parecían hermosas.

Recuerdo pensar en lo afortunada que era mi abuela por tener algo así.

Y también en lo afortunadas que debían ser las personas que podían utilizarlas.

A veces imaginaba cómo sería el día en que yo también fuera grande y pudiera hacerlo.

Aquel mueble había sido mi propio ropero de Narnia

Mi propio ropero de Narnia

Muchos años después comprendí algo.

Aquel mueble había sido mi propio ropero de Narnia.

No porque escondiera un reino fantástico. Ni porque al abrir sus puertas apareciera un bosque nevado.

Sino porque detrás de esas puertas existía un mundo distinto. Un mundo al que yo deseaba entrar sin saber exactamente por qué.

Había algo dentro de mí que reconocía que aquello era importante.

Aunque todavía no supiera por qué.

Porque a veces la vida nos deja señales mucho antes de que estemos preparados para entenderlas.

Cuando las puertas terminaron de abrirse

Pasaron los años. Y antes de partir, mi abuela decidió que fuera yo quien eligiera qué hacer con las cosas que guardaba dentro de aquel mueble.

Mi decisión fue inmediata. Quedarme con ellas.

Cuando aquellas tazas llegaron a mis manos ocurrió algo que nunca habría imaginado de niña.

Comencé a estudiar té.

A interesarme cada vez más por su historia, su cultura y sus rituales.

Y poco a poco nació Recuerdos de Té.

Por eso, cuando alguien me pregunta de dónde surge ese nombre, la respuesta siempre me lleva de regreso a aquel comedor.

A ese mueble. A esas llaves escondidas entre caramelos. A esas puertas que tardaron tantos años en abrirse por completo para mí.

Hoy ya no creo que mi abuela guardara aquella vajilla con excesivo celo. Me gusta pensar que, sin saberlo, estuvo cuidando el sueño que años después se convertiría en Recuerdos de Té.

Me gusta pensar que, sin saberlo, mi abuela estuvo cuidando el sueño que años después se convertiría en Recuerdos de Té.

Los objetos guardan historias

Los objetos tienen esa capacidad. Guardan historias. Guardan recuerdos. Guardan familias enteras.

Nos hablan de quienes estuvieron antes que nosotros. Y nos recuerdan quiénes somos.

Hoy el mueble sigue en la casa de mis padres. Ya no se cierra con llave, aunque yo todavía las conservo.

Cada vez que lo veo, vuelve a aparecer aquella niña que esperaba en silencio el instante en que las puertas se abrieran.

Y entonces entiendo que aquellas tazas nunca fueron el destino. Fueron la puerta de entrada a un mundo que todavía no sabía que existía.

Y ahora me gustaría conocer tu historia.

¿Hay algún objeto de tu infancia que todavía conserve un lugar especial en tu memoria?

Me encantará leerte en los comentarios.


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